jueves, 24 de septiembre de 2015

Debacle Económica Puede Desembocar en una Catástrofe Social

Debacle Económica Puede Desembocar en una Catástrofe Social
Isaac Mencía entrevistado por Enrique Meléndez, La Razón, domingo 13 de septiembre 2015

¿Cuáles son a grandes rasgos los elementos que caracterizan la actual crisis venezolana?
Hay tres grandes rasgos que caracterizan la crisis actual de Venezuela. En primer lugar, estamos en presencia de una crisis integral que se manifiesta en todos los órdenes: político-institucional, económico, social, ético y moral. Por lo tanto, la solución a la misma va más allá de un cambio en el modelo y la política económica, que si bien es esencial e imprescindible, debe estar acompañado de políticas públicas y acciones en los otros ámbitos, destacando entre ellos, el de la justicia. Una característica especial de esta crisis es que ha hecho involucionar o retroceder al país igualmente en todos los órdenes, a diferencia de las experimentadas en las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado.
En segundo lugar, con la caída de los precios del petróleo a partir del mes de julio del 2014, ha quedado plenamente al desnudo la inviabilidad, implosión y fracaso de un modelo político-económico pomposamente denominado “Socialismo del Siglo XXI”, que pese a haber dispuesto de la mayor bonanza de ingresos petroleros de toda la historia (más de 800 mil millones de dólares) produjo el antimilagro de sumergir al país en el caos y la ruina.
Y en tercer lugar, hay una severa crisis institucional, de gobernabilidad, entendida como la incapacidad y falta de voluntad política de la élite en el poder para dar respuesta satisfactoria a los grandes problemas del país y procesar con apego a la Constitución y las leyes  y no en forma autoritaria y mediante el uso creciente de la violencia, las demandas de la población de mejoras en el bienestar individual y colectivo.  
El rasgo más visible de esta crisis está representado por una violencia criminal desenfrenada estimulada por una obscena impunidad, y por una debacle o colapso económico que si no es detenido puede desembocar en una catástrofe social y humanitaria, lo cual plantea como una necesidad urgente acometer un cambio político para iniciar un proceso de reconstrucción de Venezuela.
Los signos más relevantes de la debacle económica se resumen en un cuadro agudo de estanflación con escasez que combina una severa contracción en la producción de bienes y servicios, la cual podría llegar este año a la cifra de 10% del PIB, con una inflación desbordada estimada por diversos analistas en 200% pero que en el rubro de Alimentos y Bebidas no Alcohólicas, según mi opinión, puede alcanzar a más del 240% si tomamos en cuenta que en el 2014 con una inflación general de 68,5% la de alimentos se ubicó en 102,3%, siendo superior en 33,2 puntos porcentuales, lo que ocasionará una violenta caída del salario real y de las pensiones y un acelerado crecimiento de la pobreza cuyo porcentaje puede llegar al 60% al término del año;  y con una escasez generalizada de alimentos, medicinas y bienes de todo tipo, que somete a millones de venezolanos a humillantes y vergonzosas colas para poder comprar productos con precios regulados.
Adicionalmente, la debacle se expresa en un incremento del desempleo; en una insuficiente disponibilidad de divisas, particularmente de reservas líquidas, consecuencia del saqueo literalmente al que han sido sometidas las reservas internacionales y desde el II semestre del 2014 por la abrupta caída de los precios del petróleo y de los respectivos ingresos; en una política de reducción drástica de las importaciones las cuales podrían caer en más del 40%; en la permanencia de un régimen desquiciado de control de cambio con tres tipos de cambio más el del mercado paralelo en el que la devaluación del bolívar ha llegado a la cifra escandalosa de superar en 111 veces el precio del dólar oficial Cencoex de 6,30 bolívares, constituyendo un incentivo muy grande para la corrupción; en una destrucción del valor del bolívar perdiendo éste cada vez más su función de instrumento de cambio y de reserva  de valor, uno de los síntomas propios de procesos hiperinflacionarios.
Y para rematar la debacle económica, PDVSA, la empresa más importante del país dada la dependencia exacerbada del petróleo, la cual aporta 96 de cada 100 dólares que ingresan a la economía por exportaciones y la mitad de los ingresos fiscales, está desde hace años sumergida en una crisis gerencial, operativa y financiera que le impide aumentar la producción y cubrir todos sus gastos y obligaciones al punto que ha tenido que recurrir al BCV para obtener financiamiento que le permita enfrentar su déficit de caja.

¿Usted cree que en la crisis hay un componente belicoso por parte de la burguesía parasitaria, como lo señala el oficialismo, o está presente el agotamiento de un modelo económico?

Atribuir la crisis económica a la imaginaria existencia de una “guerra económica” por parte de la burguesía, el imperialismo o paramilitares colombianos, es un cuento truculento del gobierno que ha sido rechazado por la inmensa mayoría de los venezolanos, tal como lo demuestran las principales y más creíbles encuestas de opinión. Maduro y el gobierno apela a este argumento falaz porque se resiste tercamente a reconocer y aceptar el fracaso del modelo que han venido ejecutando durante 16 años, por miedo al costo político que tienen que asumir por haber  conducido al país a la ruina y la pobreza después de haber concentrado la mayor suma de poder político y económico.

La crisis está absolutamente asociada al rotundo fracaso y agotamiento de un modelo político-económico y de una gestión de gobierno ineficiente y corrupta, que se edificó sobre dos pilares fundamentales: el primero, un “modelo de redistribución populista de la renta petrolera” combinado con una estatización de la economía mediante un proceso de sustitución de la propiedad privada sobre las empresas y tierras por propiedad estatal y una política económica centrada en el control del tipo de cambio y de precios de bienes y servicios; y el segundo pilar, una política de exportación del modelo del “Socialismo del S.XXI” con el afán mesiánico de conquistar un liderazgo regional y mundial en contra del enemigo simbolizado en el imperialismo norteamericano. Este modelo tenía y aún tiene como premisa fundamental un precio del petróleo creciente y sostenido que le permitiera financiar estos dos componentes (redistribución de renta y estatización, y exportación del modelo) así como alinear la política petrolera y la gestión de PDVSA con los objetivos de la Revolución Bolivariana.

La ejecución de este modelo dio como resultado una exacerbación del rentismo petrolero, una desindustrialización y ruina del campo, una dependencia excesiva de las importaciones, una fuga creciente de capitales, un deterioro profundo de PDVSA al desvirtuar su misión y planes de negocio, una mayor vulnerabilidad de la economía, y una insostenible acumulación de desequilibrios macroeconómicos en lo fiscal, monetario, cambiario y en la producción de bienes, los cuales han detonado el cuadro de estanflación con escasez antes descrito.  

¿Había una deuda social muy grande, para el momento en que llega Chávez al poder, como dice Jorge Giordani? ¿Cuál es su análisis acerca del gobierno como distribuidor de la renta petrolera?

Durante las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado la economía venezolana tuvo un mediocre desempeño producto de erradas políticas económicas y de una alta volatilidad y tendencia a la baja del precio del petróleo, lo cual afectó sin dudas el gasto social de los respectivos gobiernos.

Chávez llegó al poder levantando entre una de sus banderas políticas acabar con la deuda social y de manera específica con la pobreza. Su discurso se basó en el mito de que Venezuela por ser un país petrolero era un país rico y que todos los problemas, entre ellos la pobreza, se podían superar con un “modelo de distribución de la renta petrolera con justicia social”, mediante un gasto público centrado en el gasto social. Surgen así las “Misiones” a partir del II semestre del 2003 como el instrumento para redimir a los pobres y el nefasto exministro Giordani publicita insistentemente el éxito del gobierno en la reducción de la pobreza gracias, según él, a la inversión por parte del gobierno revolucionario de más de 500 mil millones de dólares.

Después de más de una década de iniciadas las Misiones y no obstante la fabulosa inversión anunciada por Giordani y el propio Chávez, el resultado es un inocultable fracaso del “modelo de distribución de la renta petrolera” en la consecución del objetivo prometido, como queda evidenciado en la profunda crisis de todos los servicios públicos y en el aumento vertiginoso de la pobreza cuya cifra el gobierno dejó de publicar una vez que en el 2013 esta experimentó un incremento de 6,9 puntos porcentuales al pasar de 25,2% en 2012 a 32,1% en dicho año. Según la Encuesta de Condiciones de Vida realizada por la UCAB y las Universidades Autónomas UCV Y USB, para el año 2014 el 48,4% de los hogares se encontraba en situación de pobreza, cifra ésta superior a la de 1998 (45%). Dada la inflación desbordada en el 2015 cabe esperar que la pobreza medida según la línea de ingresos llegue a 60%, lo cual sería una auténtica tragedia social para un país cuyo gobierno dispuso de una extraordinaria bonanza petrolera.

La conclusión es clara: el régimen distribuyó mal, de manera ineficiente y sin transparencia alguna la renta petrolera, la cual fue utilizada más con fines de control político y social que con equidad y sentido de justicia.

¿Por qué, a su juicio, el gobierno se aferra a ese modelo económico, no obstante que economistas del propio gobierno sugieren revisarlo?

Hay varias razones que pueden explicar la tozudez del gobierno en aferrarse al modelo económico. La primera es que Maduro quedó entrampado con el legado ideológico que le dejó Chávez del “Socialismo del Siglo XXI”. Renunciar al modelo implica reconocer el fracaso del mismo y de Chávez como su creador, a quien sigue venerando hasta el día de hoy como su padre político. Sería arriesgar aún más ante los seguidores de la figura y memoria del comandante el hoy deteriorado capital político que le fue endosado por éste antes de morir. A esto se suma que Maduro, Cabello, y la élite militar y civil en el poder apostaron erróneamente a que tendría menor costo político en términos de apoyo popular mantener el modelo que sustituirlo por otro que inevitablemente tendrá que abandonar políticas medulares del régimen como el control de cambio y de precios y la violación fragante del derecho de propiedad y de las libertades económicas, y ello equivaldría a enterrar el sueño político de su comandante eterno. También cabe la hipótesis que Maduro y la cúpula gobernante hayan abrigado la esperanza de un “milagro” económico asociado a un súbito incremento de precios del petróleo en el corto plazo. No sería de extrañar que algún habilidoso asesor les haya vendido esta ilusión.

La segunda posible explicación es que con la muerte de Chávez  se perdió la unidad de mando en el régimen, toda vez que Maduro y ningún otro personaje de la élite gobernante, posee el suficiente y reconocido liderazgo para tomar una decisión que signifique contradecir o negar el legado de Chávez, lo que hace que todas las decisiones políticas pasen forzosamente por una negociación entre los distintos grupos de poder de un régimen cada vez más militarizado.

Y la tercera razón que no contradice las ya mencionadas, es que el modelo se convirtió en un poderoso instrumento de apropiación y reparto de la renta petrolera y de todas las instituciones del Estado entre los distintos grupos de poder. El control  pleno de PDVSA y del BCV, el control de cambio y de precios, el monopolio de muchos rubros de importación, el manejo del enjambre de empresas estatizadas, etc. son fuentes de poder y desmontar el modelo implicaría renunciar o cortar estas fuentes de recursos que le ha permitido a la élite gobernante convertirse en una nueva clase social privilegiada.


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