miércoles, 23 de octubre de 2013

El gobierno bolivariano se ha vendido como protector del proletariado. Su función consiste en la defensa de la clase trabajadora y en el ataque de la burguesía, su explotadora, se ha dicho desde el advenimiento de Chávez. El discurso se mantiene en tiempos de Maduro, especialmente porque, como reitera la propaganda oficial, ahora gobierna un “presidente obrero”. La versión del liderazgo sindical dice lo contrario, si nos atenemos a declaraciones formuladas por Pablo Zambrano, presidente del Movimiento de Sindicatos de Base.

El gobierno bolivariano se ha vendido como protector del proletariado. Su función consiste en la defensa de la clase trabajadora y en el ataque de la burguesía, su explotadora, se ha dicho desde el advenimiento de Chávez. El discurso se mantiene en tiempos de Maduro, especialmente porque, como reitera la propaganda oficial, ahora gobierna un “presidente obrero”. La versión del liderazgo sindical dice lo contrario, si nos atenemos a declaraciones formuladas por Pablo Zambrano, presidente del Movimiento de Sindicatos de Base.
El presidente de Mosbase describió hechos concretos de persecución del movimiento sindical, en una intervención que destacó los casos escandalosos de los empleados del Hospital Clínico Universitario, víctimas de heridas y contusiones por el reclamo de sus derechos; y de las Canteras Nacionales, cuyos activistas fueron sometidos a una curiosa “contraloría sanitaria” que los obligó a aceptar de manera compulsiva la rebaja de los salarios.
Después se detuvo en casos concretos de ataque contra líderes que cuentan con el respaldo de sus agremiados. Rubén González, trabajador de Ferrominera del Orinoco, por ejemplo, quien pasó 17 meses en la cárcel por el “delito” de protestar contra los desmanes de la compañía estatal. Iván Freites, por ejemplo, para quien se pide calificación de despido por denunciar la incuria del gobierno en el manejo de la refinería de Paraguaná. Jorge López, por ejemplo, a quien echaron de sus funciones en el sindicato de la Alcaldía de Libertador y a quien no se ha permitido el retorno, pese a que los tribunales no encontraron motivos para sancionarlo. Habló de otras situaciones particulares el presidente de Mosbase, pero el botón de muestra resulta suficiente para comprobar la paradoja de un régimen que se presenta como obrerista y persigue a los dirigentes de los obreros.
Fue espeluznante lo que afirmó después sobre una cadena de actos de sicariato contra dirigentes del ramo de la construcción. Se detuvo en la referencia de numerosos homicidios ordenados por fuerzas interesadas, apenas investigados pese a su recurrencia y capaces de sembrar el terror en regiones como el estado Bolívar y los Valles del Tuy. La proliferación de crímenes selectivos también ha sido denunciada por Provea, cuyos miembros lamentan el poco interés de las autoridades en la solución de los casos. En lugar de recibir atención, la esforzada ONG se ha ganado la ojeriza del régimen.
La misma ojeriza que merecen los líderes sindicales, que ha conducido a que se les trate como criaturas peligrosas y malignas. Quizá sean, de acuerdo con la interpretación del oficialismo, la vanguardia de los “enemigos internos” que ha descubierto la inteligencia bolivariana. Para su desdicha, esa inteligencia no puede acudir al ejemplo del Libertador, porque durante la Independencia no existían los obreros, pero a nadie le falta Dios: tiene ejemplos de sobra en el gomecismo y en el perezjimenismo. En ese espejo tal vez se mire el “presidente obrero”.

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